martes, 17 de noviembre de 2015

¿Guerra o… masacre de sexos?

Marco Paulini espinoza - Obstetra (Perú)

Por: Marco Paulini espinoza

 

Era casi mediodía cuando a mitad de calle fui testigo de un cuadro meramente cotidiano: una mujer de unos treinta años tenía una posición totalmente diferente  sobre un tema X con un hombre contemporáneo a ella.

Llamaba la atención la forma cómo él se imponía ante ella gritando; a la vez sus gestos y posiciones demostraban que si ella no cedía sería víctima de toda su hombría, de la que no se responsabilizaba pues él como todo macho que se respete no cedería frente a una mujer. Total, en sus propias palabras sostenía: “Así yo esté equivocado, ¡no me importa! ¿Quién eres tú para venir a callarme? ¡Anda atiende a tus hijos! “

Ante este cuadro no pude evitar formular para mis adentros (claro está) la pregunta: ¿En un conflicto de intereses entre hombres y mujeres es inevitable la violencia?

Y casi de automático surgió una segunda pregunta: ¿Este hombre habría reaccionado así de violento si la contraparte no hubiera sido una mujer sino otro hombre más fuerte que él?

Una creencia muy arraigada en nuestra sociedad es que es inevitable la violencia dentro del conflicto entre hombres y mujeres, y aquí se desprenden enunciados que escuchamos a diario impregnándose en nuestro ADN “frágilmente macho”, y que a veces son las propias mujeres quienes difunden:

  • ¡Hija, tú tienes la culpa de que te haya levantado la mano!¿Paraqué le reclamas?
  • Él sí te ama, y si te grita es porque le llevas la contra.
  • Si quieres que tu matrimonio funcione, tienes que ser una esposa considerada y sumisa.

Y vienen los refuerzos desde el frente masculino con frases como:

  • Hijo, jamás te dejes pisar el poncho: ¡imponte! Tú eres el hombre de la casa.
  • Demuestra quién manda.
  • Si dejas que decida una vez, lo querrá hacer siempre.

Bajo estas premisas tendríamos mil enunciados que nombrar, y hay quienes sostienen que para evitar la violencia hacia las mujeres, éstas tendrían que evitar a toda costa el conflicto.

Pero aquí la cosa se pone más interesante pues no hace falta ser un gran pensador para darnos cuenta que, más allá de ser hombre o mujer, somos seres individuales con diferentes intereses, sueños, metas, valores, formas de pensar, etc; por lo tanto el conflicto es inevitable en la interacción social entre hombres y mujeres. ¿

Entonces, ¿cuál es la clave para evitar el conflicto?

Por demás está la pregunta, porque en la interacción,el conflicto es inevitable entre hombres y mujeres; lo que sí es totalmente evitable es resolver el conflicto con violencia. Dicho de otra forma: SÍ es posible lograr acuerdos para evitar la violencia en la resolución de conflictos entre hombres y mujeres.

Por supuesto, esto no se logra de la noche a la mañana. Es necesario lograr aptitudes y habilidades de comunicación para la concesión y satisfacción de ambas partes sin menospreciar a quien demuestre debilidad; está más que demostrado que la violencia de género se sustenta en un marco donde el género se construye en un desequilibrio de poder que beneficia a hombres, pues como es bien sabido, en esta “oculta guerra de sexos” quien demuestra mayor fuerza son los hombres y en el ejercicio de ese poder tiene que doblegar la voluntad de los más débiles cuando encuentra resistencia para poder seguir ostentando poder.

Entonces aquí surgen otras preguntas, naturales en mi mente masculina: ¿tengo privilegios que me fueron otorgados por un poder sobrenatural por ser hombre?, ¿ser hombre me da el derecho de doblegar al sexo opuesto/débil?, ¿las mujeres, niños y afeminados están obligados a aceptar mi poderío por ser “macho”?

Mi cerebro masculino se pone en modo automático y no puedo dejar de recordar una conocida canción que durante mi infancia escuché cantar, con la solemnidad y orgullo que se canta el himno nacional, a los hombres de mi entorno, y que más o menos recita así: “bendita sea mi mama… ¡por haberme parido macho!... ¡machistas son las mujeres porque les gustan los machos!”

Vuelve la lucidez a mí, y no puedo dejar de agradecer a Dios porque mi cerebro masculino se da cuenta que ser un verdadero hombre va más allá de ostentar poder sobre los más débiles, y que la balanza a lo largo del tiempo ha sido injustamente manipulada e inclinada por la testosterona.

Por lo tanto, desde esta perspectiva puedo observar que muchas veces, por no decir casi siempre, la armadura que nos auto imponemos en nuestro afán de ostentar poder no deja que disfrutemos de la interacción con el sexo opuesto, y que más allá de tener un pene o una vagina, todos somos individuos con fortalezas y debilidades, con sueños y metas por cumplir, con derechos y deberes innatos por ser personas, y de más está decir con sentimientos que nos hacen a cada uno (seas hombre o mujer) humanos.

Entonces en mi razonamiento surge una última pregunta: ¿ya te diste cuenta de eso?