lunes, 27 de junio de 2016

Blanca y radiante ¿va… la novia?

Pagina nueva 1

Por: Marco Paulini Espinoza

 

 

El silencio fue interrumpido por el repicar de las campanas mientras atolondradas aves blancas revoloteaban graciosamente sobre quienes se congregaron para augurarles prosperidad.

 Su impaciencia se disipó al verla. Una sonrisa dibujose en su rostro contemplando la hermosura de sus catorce primaveras. Se podía ver la alegría de él, y cómo orgullosamente la esperaba como quien espera el reconocimiento por haber ganado la batalla.

Blanca y radiante iba ella, sostenida del brazo de su padre quien la acompañaba hacia el altar, mientras su madre en sus mejores prendas lloraba; otras mujeres, vestidas todas para la ocasión, le decían

- Es mejor así: a todas nos llega la hora de formar un hogar.

Otra decía

- siéntete orgullosa; no todas hemos podido salir de blanco como tu hija.

Alguien más decía

- si no es él, alguien más se la llevará.

otra más susurraba

- Se está casando como Dios manda; nadie podrá criticarla.

Un ángel de los que allí se congregaban espectaba la escena y lloraba recordando todos los momentos felices que vivió junto a su hermanita mayor, y, testiga de todos los eventos que culminaron con un matrimonio, no podía dejar de hacerse la pregunta - ¿Esto me sucederá alguna vez a mí también?

Hermosa se le veía caminando hacia el altar mientras una niña con una canastita llena de pétalos de rosa guiaba su caminar. Ella extasiada con la marcha nupcial se sentía abrumada por tantos sentimientos. Para sus adentros pensaba “al fin de cuentas, ¿quién no quiere tener un futuro asegurado al lado de un hombre acomodado?; además ya cuarentón, tiene la madurez que un chico de mi edad ni tiene…“

Se llenó de valor, prefirió solo pensar en si se vería mal que a su nueva casa llevara a Julieta, quien fue su compañía desde que la tía Matilde se la regaló cuando apenas tenía siete años, y aunque Julieta, su muñeca, estaba vieja, era su única confidente.

Tras su velo podía dibujarse la inocencia y feminidad de sus años. Su velo y el rizo de su cabello juguetonamente ocultaban el moretón producto de la cachetada que la noche anterior le propinó su padre cuando ella le confesó que no deseaba casarse, mientras, su inmaculado vestido blanco disimulaba bien sus dos meses de gestación.

Un coro casi angelical sonaba mientras el padre entregaba a su nena al infeliz violador.

Ahora bien, ¿eres la novia, o quien espera a la novia? De ti depende seguir o parar la violencia basada en  género.

 

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